El manantial que sostuvo la vida a los pies del pueblo

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Mojácar conserva monumentos que hablan de conquistas, religiones y sistemas defensivos. Sin embargo, pocos lugares explican tan bien la vida cotidiana de sus habitantes como su Fuente Pública. El agua que brota a los pies del pueblo permitió beber, lavar, abrevar animales, regar huertas y mover un molino. También generó oficios, encuentros, costumbres y hasta conflictos.

El propio Ayuntamiento incluye la Fuente Pública y Lavadero entre los bienes culturales de carácter etnológico de Mojácar. No se trata, por tanto, de una simple fuente ornamental. Representa una pieza esencial del patrimonio tradicional mojaquero.

Un manantial estrechamente unido al nacimiento de Mojácar

La Fuente Pública ocupa la parte baja del cerro sobre el que se extiende Mojácar Pueblo. El agua procede del sistema acuífero relacionado con Sierra Cabrera. Las características geológicas de esta sierra favorecen la aparición de manantiales allí donde los materiales permeables entran en contacto con estratos menos permeables. La Fuente de Mojácar aprovecha además una fractura geológica que facilita la circulación del agua.

Su origen resulta muy antiguo. La información turística oficial de Mojácar señala que antiguos textos árabes ya mencionaban el recinto. Las fuentes institucionales consideran que aquel suministro de agua resultó decisivo para consolidar el asentamiento en el emplazamiento que hoy ocupa Mojácar.

Aquí conviene introducir una cautela histórica. El traslado desde Mojácar la Vieja hacia el cerro actual ocurrió durante la Edad Media. El Ayuntamiento sitúa el abandono progresivo del antiguo asentamiento desde finales del siglo XIII y contempla varias posibles causas. Entre ellas figuran un terremoto y la búsqueda de una posición defensiva más segura.

El investigador Clemente Flores Montoya propuso además que aquel terremoto pudo alterar los manantiales. Según su hipótesis, disminuyó el caudal que abastecía Mojácar la Vieja y aumentó el del emplazamiento actual. La existencia de agua habría favorecido así el traslado. Conviene entender esta explicación como una hipótesis histórica y geológica, no como un hecho demostrado de forma definitiva.

Los trece caños y una arquitectura diseñada para trabajar

La fuente que contemplamos hoy ya no conserva íntegramente su aspecto antiguo.

Cuenta con doce caños frontales y otro lateral. Los doce principales vierten el agua sobre tres pilares. Junto a ellos discurren distintos canales. La disposición no responde a una finalidad decorativa. Cada elemento cumplía una función concreta.

El gran pilar central servía tradicionalmente para abrevar las caballerías. Los pilares laterales facilitaban el llenado de los cántaros. Su menor profundidad permitía apoyar los recipientes mientras recibían el agua. Las ovejas, cabras y otros animales menores utilizaban otros sistemas para evitar problemas dentro del recinto.

Los canales también organizaban cuidadosamente el agua. Uno recogía las salpicaduras y la suciedad de la superficie. Otro conducía el agua usada durante el lavado. El canal principal llevaba un caudal mayor. Allí trabajaban las lavanderas con los pies dentro del agua. Una zona conservaba agua más limpia para el aclarado final.

El decimotercer caño, situado lateralmente, atendía otras necesidades domésticas. La documentación histórica recoge su utilización para limpiar productos y utensilios vinculados con la alimentación y las labores agrícolas.

Todo formaba, en definitiva, una pequeña infraestructura hidráulica perfectamente adaptada a la economía tradicional.

Las aguadoras: subir el agua hasta las casas

La ubicación del manantial planteaba un problema evidente. Las viviendas ocupaban las empinadas laderas del cerro y el agua permanecía abajo.

Alguien tenía que transportarla.

Durante generaciones, las mujeres protagonizaron buena parte de aquella tarea. Las aguadoras llenaban sus cántaros y emprendían después la dura subida por la Cuesta de la Fuente. Algunas cargaban un recipiente sobre la cabeza y otro apoyado en la cadera. Los animales de carga también transportaban cántaros hasta las viviendas.

El trabajo llegó a convertirse en un oficio. Clemente Flores recuerda incluso a Isabel la Claveta, una aguadora que todavía prestaba este servicio durante la década de 1950.

La imagen de las mujeres transportando agua quedó profundamente ligada a Mojácar. No resulta casual que la iconografía local represente a la mojaquera con su cántaro. El Ayuntamiento recuerda precisamente esta función al describir una de las esculturas dedicadas a la mujer de Mojácar.

El gran lavadero de Mojácar

La fuente también funcionaba como lavadero público.

Las mujeres aprovechaban los canales especialmente preparados para esta actividad. Trabajaban con los pies dentro del agua y utilizaban las piedras inclinadas para golpear y frotar la ropa. El sistema separaba en buena medida las aguas sucias de aquellas que después continuaban hacia las huertas.

Algunas lavanderas trabajaban profesionalmente. Recogían ropa incluso en localidades cercanas como Garrucha o Vera, regresaban a Mojácar para lavarla y después la devolvían a sus propietarios.

Entre aquellas mujeres quedó en la memoria popular la Maquisa, una lavandera cuya figura acabó mezclando recuerdo y leyenda. Los testimonios recopilados por Flores Montoya la describen trabajando casi continuamente junto al agua. Con el paso del tiempo, su historia adquirió rasgos míticos. La tradición oral todavía la relaciona con la fuente.

Agua para las huertas y reglas para repartirla

Después de satisfacer el consumo humano, el lavado y otras necesidades, el agua seguía su camino.

Un sistema de conducciones la llevaba hacia balsas situadas a cierta distancia. Desde allí alimentaba los regadíos. El aprovechamiento agrícola alcanzó tal importancia que Mojácar reguló estrictamente su reparto durante siglos.

La documentación estudiada por Flores Montoya recoge disposiciones municipales desde el siglo XVI. Una normativa de 1594 estableció veedores encargados de distribuir el agua entre las huertas. Aquellos responsables debían atender la superficie cultivada y resolver conflictos entre los usuarios. Algunas prácticas de reparto mantenían sistemas heredados probablemente de época musulmana.

El agua también proporcionaba energía.

Un desnivel permitía aprovechar su fuerza para mover un molino harinero situado cerca de la fuente. De esta manera, abastecimiento, lavadero, regadío y molienda formaban partes de un mismo sistema económico.

Un auténtico centro económico y social

La Fuente Pública organizaba mucho más que el suministro de agua.

Por allí circulaban aguadoras, lavanderas, campesinos, arrieros y animales. En sus inmediaciones funcionaban actividades comerciales. La subida conectaba el manantial con la Puerta de la Ciudad y con espacios donde los vecinos compraban alimentos e intercambiaban noticias.

Flores Montoya describe este eje entre la fuente y el núcleo urbano como uno de los principales escenarios de la vida cotidiana mojaquera. Bajar a buscar agua significaba también conversar, enterarse de las novedades y relacionarse con otros vecinos.

La fuente funcionó así como una verdadera plaza pública sin necesidad de ser una plaza.

El agua proporcionaba la excusa. La sociedad construía alrededor todo lo demás.

1876: «Por el pueblo y para el pueblo»

La historia de la fuente también muestra cuánto valoraban los mojaqueros aquel recurso.

Durante la década de 1870 surgió un conflicto relacionado con un proyecto para conducir parte del agua hacia Garrucha. Flores Montoya recoge distintas versiones sobre aquellos acontecimientos. Una tradición local relata que los vecinos, encabezados inicialmente por las mujeres que trabajaban en el lavadero, reaccionaron contra las obras de canalización.

La documentación obliga a tratar los detalles anecdóticos con prudencia. Sin embargo, queda constancia del fuerte conflicto que provocó el aprovechamiento del agua y de la importancia que la población concedía a mantenerla bajo control público.

Una inscripción resume perfectamente aquella mentalidad:

«Por el pueblo y para el pueblo de Mojácar, año 1876».

La oficina municipal de Turismo sitúa precisamente a finales del siglo XIX la gran reforma que dio origen a los doce caños frontales actuales.

1488: entre la historia documentada y la leyenda de Alávez

La Fuente Pública guarda otra historia mucho más conocida.

Una gran lápida recuerda el supuesto encuentro entre Garcilaso de la Vega, enviado de los Reyes Católicos, y Alávez, último alcaide musulmán de Mojácar. La tradición sitúa aquí las conversaciones previas a la incorporación de la villa a la Corona castellana en 1488. La propia información turística municipal mantiene esta narración y la vincula con las actuales fiestas de Moros y Cristianos.

Sin embargo, debemos separar el acontecimiento histórico de la versión literaria que aparece en la lápida.

Sabemos que Mojácar pasó al dominio de los Reyes Católicos en junio de 1488. Flores Montoya cita una carta del marqués de Cádiz que comunicaba a la reina, el 12 de junio, la entrega de la fortaleza. Pero el mismo investigador desmonta el famoso discurso atribuido a Alávez. No encuentra respaldo histórico para aquellas palabras. Además, sitúa la aparición pública de esa narración en una conferencia pronunciada por Juan Cuadrado en Almería el 28 de abril de 1940. La lápida habría llegado a la fuente hacia 1942.

Por tanto, resulta más riguroso hablar de una tradición local construida alrededor de un acontecimiento histórico real. La incorporación de Mojácar a la Corona ocurrió en 1488. La existencia exacta del diálogo que reproduce la lápida no cuenta con respaldo documental suficiente.

Esta diferencia entre historia y memoria no resta interés a la fuente. Al contrario. Nos permite comprender cómo una comunidad construye también sus símbolos con recuerdos, relatos y leyendas.

Las reformas cambiaron su aspecto

La fuente atravesó numerosas transformaciones.

El Ayuntamiento y la oficina municipal de Turismo documentan una importante remodelación durante el siglo XIX. A finales del siglo XX llegó otra intervención profunda. Durante los años ochenta, las obras modificaron notablemente su imagen tradicional y crearon la apariencia más moderna que hoy conocemos.

La antigua estructura funcional, sin embargo, todavía puede interpretarse gracias a los pilares, los caños y los canales.

Los cambios en la sociedad hicieron el resto. El agua corriente llegó a las viviendas. Las lavadoras sustituyeron el duro trabajo del lavadero. Los animales desaparecieron progresivamente de las calles. La agricultura perdió peso. La fuente dejó de constituir una infraestructura imprescindible para cada jornada.

Pero no desapareció de la memoria colectiva.

La Fuente Pública en el Mojácar actual

Hoy la fuente conserva agua y mantiene acceso libre. La información turística municipal señala que vecinos de Mojácar e incluso de otros municipios continúan acudiendo con recipientes para abastecerse. La Diputación de Almería también la integra en su ruta cultural por el casco histórico y describe sus trece caños.

El Ayuntamiento mantiene además vivo su valor cultural. En septiembre de 2026, por ejemplo, programó junto a la fuente actividades relacionadas con antiguas prácticas tradicionales. En años anteriores también acogió talleres para enseñar a los jóvenes cómo lavaban la ropa las generaciones anteriores.

Junto al recinto funciona además el Centro Municipal de Arte La Fuente, que prolonga de otra manera la antigua condición de este lugar como punto de encuentro.

Cómo visitar la Fuente Pública de Mojácar

La fuente ocupa la calle La Fuente, en la zona baja de Mojácar Pueblo. El visitante puede acceder libremente. El Ayuntamiento indica también acceso mediante autobús urbano y dispone de plazas reservadas para personas con movilidad reducida en las inmediaciones.

Conviene detenerse y observarla con calma. Los caños cuentan solamente una parte de la historia. Hay que mirar también los pilares, los canales, la disposición del lavadero y la lápida del muro.

Después merece la pena afrontar la Cuesta de la Fuente y subir hacia el casco histórico. Ese recorrido reproduce, en sentido inverso, el camino que miles de mojaqueras realizaron durante generaciones cargadas con sus cántaros.

Mucho más que una fuente

La Fuente Pública resume una parte esencial de la historia de Mojácar.

El agua ayudó a fijar población. Alimentó personas y animales. Regó huertas. Movió un molino. Creó los oficios de aguadora y lavandera. Generó normas para distribuir un recurso escaso. Propició encuentros. Provocó disputas. Inspiró escritores. Y terminó convertida en escenario de una de las leyendas históricas más arraigadas de la localidad.

Quizá por eso Clemente Flores Montoya tituló su estudio La Fuente de Mojácar. Algo más que doce caños.

La expresión resulta especialmente acertada. Porque quien contempla únicamente sus surtidores ve una fuente. Quien conoce lo que ocurrió alrededor de ellos descubre uno de los lugares que mejor explican cómo vivieron durante siglos los hombres y, sobre todo, las mujeres de Mojácar.

Fuentes principales consultadas

He contrastado la información principalmente con el Ayuntamiento y Turismo de Mojácar, el PGOU municipal y el estudio patrimonial de Clemente Flores Montoya conservado por la Biblioteca de la Diputación de Almería. Este último resulta especialmente importante para diferenciar los hechos documentados de 1488 de la narración posterior grabada en la lápida

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